sábado, febrero 01, 2003

¿Escritores, para qué?

En una parte de la novela El inmune del suizo Hugo Loetscher se lee: “Allí donde se hable de amor de forma irregular y sin escrúpulos, cabrá sospechar con razón que el escritor se encuentra cerca. Rogamos una atención especial a este tipo de trampa”. La máxima de Loetscher no hace más que confirmar la idea de que la persona que escribe es un fugitivo, un prófugo de los cánones morales que realiza una actividad indigna, o más que indigna, insustancial. Sin embargo, sigue siendo un individuo peligroso al que hay que temer sobremanera.

Escribir es difícil. Alguien más pesimista diría certeramente que la vida en general es difícil. Por eso, y por fortuna, son pocos lo dedicados a tan obscena profesión ¿Acaso podría afirmarse con contundencia que un escritor se dedica estricta y exclusivamente a leer y escribir, así como el oboísta lo único que hace es tocar el oboe, el bombero apagar fuegos inclementes o el arquitecto construir casas, y mal? Desde luego que no. Normalmente se disfrazan con máscaras de otras profesiones para tomar por sorpresa, en el momento menos esperado, a la crédula víctima. Afirmar que el escritor es un personaje ingrato sería una reiteración absurda. Pero lo es. ¿Qué producen los que escriben? Nada. Son sólo vividores inmundos, entenados irrestrictos, insufribles pervertidos que desechan opiniones de raigambre y atacan tradiciones ancestrales.

Habrá que hacerle entender a toda la gente quiénes son estos charlatanes, así, no caerán en la confusión de percibirlos con otros ojos o leerlos en otras letras. El escritor es disoluto por naturaleza y, complementando a Loetscher, no solamente habla de amor de manera irregular, también de política, religión, de futbol y hasta de teorías sobre macramé. Están en todos lados, al grado de que algunas prestigiadas publicaciones se han visto en la necesidad de poner en la portada advertencias como “En esta revista no escribe Carlos Monsiváis”; asimismo, en las presentaciones de libros, los autores tienen la obligación de empezar anunciando: “Este libro no lo comentara, ni lo reseñará, y ni siquiera hojeará, Hugo Gutiérrez Vega”.

Hay que tener cuidado de no caer en las telarañas de esos infames embaucadores que siempre tratarán de engañarlo a usted, estimado lector. Por favor, no caiga en provocaciones. Además, hay gente que se hace pasar por escritor sin serlo. Un ejemplo. Debajo de mi departamento hay una consultoría; no es por desanimarlo pero ahí se escriben, por encargo, algunos de los insignes artículos que usted tiene a bien leer cada semana en el semanario Proceso y que son firmados por acreditadas plumas. Claro, ya lo sabrá entonces. De estos personajes no hay qué temer: no son escritores. Siéntase tranquilo y siga leyendo Proceso sin temor alguno.

¿Para qué sirve un escritor? Es por todos sabido que estrictamente para vaciar las arcas de generosas publicaciones o engañar a cándidos e incautos lectores; también, para enriquecerse a costa de ingenuos editores y mecenas honorables. Por tal motivo, afirmo enérgicamente que el escritor no sirve para nada. Aunque hay que andarse con cuidado, porque así como todos llevamos escondido un pequeño priísta en lo más recóndito de nuestro ser, todos –de la misma forma- arrastramos algo de escritores por ese lugar que no conocemos a ciencia cierta y que los sapientes suelen llamar espíritu. A fin de cuentas, cualquiera puede agarrar una pluma y sentarse a escribir como algún Dios interno lo haya exigido. Habrá que estar ojo avizor, por las dudas y por si acaso.

CAS

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